¿QUÉ QUEDÓ DE AQUELLOS DÍAS QUE VIVIMOS ENTRE NUBES?

Nunca pensé que volvería a Coventry. Durante veintinueve años nunca tuve la intención de visitar aquella ciudad donde había pasado un año gracias a la beca Erasmus. Prefería que formara parte de mis recuerdos, de mis sueños y de la ficción. Algunos dicen que no hay que volver a los lugares donde se ha sido feliz; otros, en cambio, afirman que no se puede evitar.

Yo no me había planteado esa experiencia hasta que M.ª José y Maribel me la propusieron las Navidades pasadas. Mi queridas amigas y compañeras de casa y de estudios de aquel año parecían convencidísimas y yo me dejé arrastrar por su entusiasmo, aunque intenté no hacerme muchas ilusiones ni siquiera cuando en marzo quedamos en mi casa para comprar los billetes de avión y reservar el alojamiento. Eran días complicados, pues había estado varias semanas de baja por la enfermedad de mi madre y apenas podía dormir ni salir a la calle. Y es que a veces la aventura empieza mucho antes del viaje, porque te propones hacer algo, pero la vida te llena el camino de obstáculos que te tienes que inventar cómo superar. Solo la noche antes, cuando me preparé la maleta, me di cuenta de que estaba a punto de volver a la ciudad que tantas veces había recreado en mi imaginación y a la que nunca me habría atrevido a regresar sola. Aunque nos habría encantado emprender el viaje con otros amigos: unos no pudieron venir, y a otros, no los pudimos localizar. Pero estábamos nosotras tres. Pasara lo que pasara, eso era lo que más me importaba.

El 31 de julio, Maribel y yo salimos de Valencia y nos encontramos con M.ª José en el aeropuerto de London Stansted. Su avión desde Turín había aterrizado dos horas antes y desde allí nos quedaban otras tres más para llegar a Coventry.  No sé cómo se nos ocurrió la “romántica” idea de realizar ese último trayecto en autobús, como habíamos hecho varias veces por aquel entonces, porque llegamos mareadas y congeladas por las bajas temperaturas a las que en esas tierras es normal poner el aire acondicionado.

Apenas pusimos los pies en la ciudad, Maribel y M.ª José se alegraron al ver que la estación de autobuses no había cambiado y yo me entristecí al comprobar que no podía recordarla. Caminamos con nuestras maletas hacia nuestro alojamiento y yo observaba todo sin orientarme ni reconocer nada. Achaqué mi amnesia al mareo y al cansancio del viaje. Quizás tampoco ayudaba el hecho de que la altísima torre de Priory Hall, una de las residencias de estudiantes, había desaparecido. Sorprendentemente el primer lugar que identifiqué fue la puerta de salida del edificio de la Students’ Union, donde tantas tardes de domingo habíamos pasado en el cine y tantas noches, en las fiestas de los años 70. Aunque era una puerta metálica normal, era tal y como la recordaba. Y a partir de ese momento empezó el juego de buscar y encontrar los fragmentos de nuestros recuerdos diseminados por la ciudad.

Mi primera emoción fue plantarme delante de la catedral de Saint Michael y descubrir que todavía me fascinaba su impresionante campanario y sus robustos muros que resistieron los bombardeos sufridos durante la Segunda Guerra Mundial, y que contrastan con su interior destrozado y vacío. La edificación, convertida en personaje de algunas de mis historias, nos daba la bienvenida. Tuve que acercarme a tocar la piedra de su fachada para comprobar que era real.     

Tras ese primer encuentro, se produjo una de nuestras mayores sorpresas al llegar a nuestro alojamiento y hallar otro de los pocos sitios que había sobrevivido a los ataques aéreos que arrasaron la ciudad. Se trataba de una hilera de casas medievales blancas con maderas en la fachada. Entramos en una de ellas, dejamos a un lado una verja con algunas telarañas y, tras subir por unas empinadísimas escaleras, nos quedamos maravilladas con las vistas desde nuestra ventana. Ante nosotras se erguía una preciosa iglesia medieval rodeada de frondosos árboles que nos hacía creer que estábamos en medio del campo. Pero lo más asombroso fue que ninguna de las tres recordaba ese hermoso paraje. ¿Cómo era posible que durante toda nuestra estancia allí hacía años ninguna hubiera notado la presencia de la imponente Holy Trinity Church, cuyo campanario sobresale entre todas las construcciones? ¿En qué estaríamos pensando?

Aquella misma noche salimos a explorar las calles de la ciudad y constatamos, al recorrer el centro comercial, que nuestro pub y discoteca favoritos ya no existían. Ni Brown’s ni Mr G’s estaban allí. Quién sabe en qué momento habrían sido sustituidos por tiendas aburridas e impersonales. Menos mal que poco después nos tropezarnos con la estatua de lady Godiva y, aunque la recordaba más grande y ubicada en otro lugar, nos dio seguridad.   

Durante los dos días siguientes paseamos por Coventry para visitar los sitios más significativos que aún se mantenían en pie. Primero nos acercamos a nuestra residencia y de camino comprobamos que el pub The Foresters ─que organizaba karaokes durante la semana─, aunque parecía abandonado, conservaba su fachada intacta, y que la funeraria Maton and sons era un negocio rentable que perduraba ajeno al paso del tiempo.

Nos tuvimos que colar en Singer Hall, porque, aunque la residencia estaba cerrada, estaban haciendo obras, así que conseguimos entrar disimulando a través del acceso que estaba más cerca de nuestra casa. Allí conversamos con unos obreros, que fueron muy amables, pero no nos dejaros cruzar la valla que nos separaba de nuestro antiguo hogar. Uno de ellos, que debía de tener nuestra edad, se emocionó con nosotras al escuchar que veníamos desde España e Italia para recordar los buenos tiempos pasados en el bloque 11 hacía veintinueve años.  

También nos infiltramos en el viejo edificio de la Students’ Union, que estaba abierto y vacío. Bajamos a la sala con suelo de gimnasio donde se realizaban todo tipo de eventos y, entre risas, estuvimos evocando unos cuantos. Al salir nos quedamos perplejas al escuchar la canción Night Fever y ver que una chica en medio de la calle seguía su ritmo y se contorneaba, mientras nos sonreía como si nos conociera y supiera de todas las noches que la habíamos bailado en aquella sala.

Tras esas emotivas incursiones en los lugares que más anhelábamos visitar, pasamos varias veces por uno de los pubs más antiguos y bonitos de la ciudad. The Golden Cross nos acogió como en aquellos tiempos felices; degustamos su comida y disfrutamos de sus sidras nuevas y tradicionales.

Y así volaron las horas entre bromas, nostalgias, conversaciones amenas y profundas, paseos, exploraciones y descubrimientos. Fueron pocos días, pero suficientes. El clima fue agradable y la gente amable. La ciudad había cambiado y nosotras también, aunque manteníamos la esencia que nos unía a pesar del paso de los años. Coventry nos parecía nueva y a la vez una vieja conocida. Visibles o invisibles, nuestros recuerdos seguían allí difuminados, pero intensos. Las nubes se paseaban por el cielo y nos hacían volver a soñar.

Cuando alguien me pregunta qué sigo opinando de aquella ciudad de alma antigua y edificios modernos, a la que he dedicado unas cuantas líneas y pensamientos, no puedo evitar evocar algunas canciones que formaron parte de nuestra banda sonora de aquellos días. Y como dirían los hermanos Gallagher ─que casualmente se reconciliaron poco después de nuestro viaje─, creo, Coventry, que todavía y a pesar de todo: “You’re my wonderwall”.   


 

 

Comentarios

Entradas populares