MI MADRE Y MI TÍA TAMBIÉN ERAN MENAS
Cuando mi madre y mi tía Carmen fueron evacuadas de Madrid a
Valencia en septiembre de 1936, no venían acompañadas de ningún familiar
adulto. Su padre había fallecido y su madre, desesperada ante los bombardeos
incesantes en la capital, se vio obligada a separarse de sus cuatro hijos y a
enviarlos lo más lejos posible de las explosiones y del hambre.
Mi madre y mi tía tenían otros dos hermanos: mi tío José Luis,
que fue a parar a Selas —un pueblo de Guadalajara donde vivía la hermana de mi
abuela—, y mi tío Alberto, que pasó la guerra en Chiva con una familia de
acogida.
Pero mi madre y mi tía —que por aquel entonces vivían en el
internado para huérfanas de periodista, porque su padre había sido tipógrafo en
el diario ABC— llegaron solas a Valencia, es decir, acompañadas de los
responsables de la Cruz Roja y de otras niñas aterrorizadas como ellas, que
estuvieron llorando y vomitando durante el viaje.
Aunque mi madre tenía solo cuatro años, se le quedó grabado
cada detalle de ese infernal trayecto por carretera en un convoy de coches
negros que tuvo que hacer muchas paradas para esquivar las bombas y para que
las niñas pudieran bajar a tranquilizarse y hacer sus necesidades. Muchas de
ellas estaban mareadas y seguramente no sabían si querían escapar, parar o
volver a atrás. Debe de ser terrible sentirse sola y angustiada, y no saber
adónde vas.
Siempre he vivido esa escena como si yo también hubiera
estado allí, porque mi madre nos contó esta historia tantas veces con tanta
intensidad que parecía que todo hubiera sucedido el día antes. Pero, además de este
trayecto, también nos relataba el momento en el que, tras entrar en las
dependencias de la Cruz Roja de Valencia, las colocaron en fila y varias personas
pasaron por delante de ellas y las fueron eligiendo de una a una para acogerlas
en sus casas. El problema era que cada familia solo tenía intención de llevarse
a sola una niña y, como mi madre y mi tía no se querían separar, lloraban cada
vez que pretendían hacerlo.
Y al final llegó Amparo, esa señora a la que nunca conocí y
que debería considerar como otra de mis abuelas. Llegó y volvió con ambas a su
casa, donde las recibieron otras tres mujeres de una familia compuesta por tías
y sobrinas. Y esa casa que debía ser provisional, se convirtió en su hogar
durante muchos años, porque mi madre y mi tía nunca volvieron a Madrid. Bueno,
solo de visita. Pero esa es otra historia, porque la que quería contar ahora acaba
cuando comenzaron a vivir en su nuevo barrio y algunos vecinos empezaron a
llamarlas “las evacuaetas”, que supuestamente era un apelativo cariñoso o
aparentemente inocente, pero que disgustaba mucho a mi madre. Quizás no quería
sentirse diferente, ni recordar continuamente que solo deseaba estar en su casa
con sus padres y hermanos. Pero lo que nunca podría imaginar es que muchos años
después se crearía un término que se utilizaría deliberada y cruelmente para
menospreciar y deshumanizar a otros niños como ellas: “los menas”.
Por desgracia, esta palabra, que pasó desapercibida cuando apareció
publicada por primera vez en un BOE de 2009, ha ido cobrando fuerza en los
últimos tiempos para señalar y desatar el odio hacia muchos niños desvalidos
como ellas, que ya sufren demasiado por las horribles circunstancias que les ha
tocado vivir. La diferencia para algunos es que ellas no eran extranjeras,
aunque también padecieran por estar lejos de sus familias y de su hogar. Sí que
lo fueron, en cambio, todos los niños que durante la Guerra Civil fueron evacuados
a otros países como Francia, Inglaterra, Unión Soviética, Suiza y México. Pero
parece que todo eso muchos ya no lo recuerdan o lo prefieren ignorar. De hecho, lo
más lamentable es que mucha gente aparentemente culta e inteligente se está dejando
arrastrar por los que señalan a estos niños como una diana sobre la que lanzar
sus resentimientos y frustraciones.
¿Cómo es posible que hayamos olvidado las historias de
nuestros padres y antepasados, y las miradas perdidas de estos niños no nos las
recuerden?



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